martes, 3 de abril de 2007

luna llena en tormenta autoexistente






Noche de luna llena entre cerros, en Pirque y en Valle de Elqui, la misma luna, la misma noche, dos realidades distintas, pero en verdad no tanto; la misma magia y los mismos magos bajo la luna, ritos variados y todos sagrados.

Busco mis cuarzos, el blanco y el azulado, ambos grandes y sin pulir, ambos recogidos entre quebradas silenciosas y testimoniales de la existencia planetaria, cuando una tarde caminábamos con Matías y nuestros corazones se tomaban de las manos por la montaña del Cancana, tan azul, tan violeta, tan blanca en invierno y dorada en verano, tan energética, tan mística, tan sutil y tan fuerte como lo era nuestro amor.

Pero anoche el cielo era más oscuros, menos estrellas y la montañas de pirque no parecían amanecer en luna como amanecen las del valle. Ya no estaba el silencio de mis hermanos de comunidad, nuestra comuna, ni la leña apilada al centro del circulo de la hoguera, ni el vino con frutas en la jarra, ni la rama de romero ni cedrón, la sal ni el agua de manantial con las que celebrábamos cada luna nueva. Era yo solo en un recodo del patio de la casa desde donde no se veía la luz de ninguna ventana, con mis cuarzos en las manos, el mala, el agua de río y la sal.

Noche de Luna Llena y noche Tormenta Auto-Existente. Tormenta Matías, Mauro, Diego, Icha, Lidia. Bajo la luna llena la tormenta creaba, anoche, la alquimia que tomaba las energías todas para transformarlas en una nueva y más sana. Poderosa la Luna y la Tormenta.

Y yo tan solo en Santiago, con tanto miedo, con tantos sueños esperando…

Fue de madrugada cuando encendí el porrito sentado en un peñasco, a pata pelá, mirando los recovecos de la noche que la luz de luna llena deja de manifiesto como la primavera a los cerezos. Un mantra, una oración y una ofrenda a la Madre, los cuarzos en la sal y los decretos… el rito estaba concluido sin el amor de los míos, de los que están en el valle, de mis hermanos, de mis amados hermanos…

No pasa instante en que no siento la aguja de la ausencia del valle. Sé que hoy por hoy debo estar aquí, con mi familia, apoyarlos aun cuando eso signifique estar acá. Es una experiencia que contiene una lección que aún no descubro, pero que sin duda me ha de hacer más hombre.

“La ciudad tiene un techo espiritual muy bajo” me comentó una amiga al saber que regresaba a Santiago, “Debes ir protegido” me recomendó mientras su mirada de chamana se hundía en la médula de mis huesos con compasión. Pido en sueños orientación a mis pasos por la ciudad, una brújula, comprender mi existencia en estos días más allá de los códigos tridimensionales… y me pierdo, tropiezo en caminos llanos, me pierdo triste en el paisaje de esta oficina. Irineo, mi hermano mayor, suele contenerme a menudo con sus abrazos de brazos fuertes de hombre bueno. Suele llegar a mi escritorio con su café y una taza de agua de “monte” para mí, me dice que todo esto ya ha de pasar y que he de poder regresar a “jugar a ser la mona chita” en mi valle perdido de todo y de mucho más. Sé que ha de ser así, sé que todo es in permanente, como la compañía de mi padre que una enfermedad nos quiere arrebatar.

No sé si deba mantenerme como vía en el valle o deba descubrir una nueva forma de caminar por esta ciudad. Antes de mi ida al valle disfrutaba el departamento del barrio Lastarria con vista al cerro; me agradaba bajar cada noche y sentarme en la barra de cualquier bar, charlar con algún parroquiano o irme a uno de esos locales ni tan gay ni tan hétero y jugar a la seducción, al gato y al ratón. Adoraba conocer chicos en alguno de los tres museos que visitaba o beber chelas en latas sentado en el parque forestal. Entonces Santiago me era mi paisaje natural, mantenía una cotidianidad con mis amig@s que me acomodaba y mi soledad se consumía en cines y teatros, comidas y escapadas a las añañucas de la quebrada de San Ramón.

Pero hoy mis amig@s y yo tenemos distintos horarios y distintos calendarios, no nos encontramos, vidas en parejas, celos de las parejas, exigencias laborales, acomodaciones sociales… todo nos desencuentra y me encuentra con una soledad que me comienza a pesar.

Le temo a las urgencias de los otros, a eso de dos palabras y desear establecer una sita ya… ¿cobardía?, quizás… ¿estilos?, quizás. Y si, deseo dormir con alguien, abrazar a alguien, sentir un aroma distinto a mi, que alguien pierda sus manos en mis cabellos, exploré bajo mi pantalón, me cuente un deseo y yo le baje de una estrella un secreto, aun que sea solo eso, un instante sin repetición, sin recuerdos, sin fonos ni fotos. Alguien que solo sepa que besar no es morder ni acariciar es agarrar. Quizá eso pudo ser ayer él, quizá solo quería eso y no meterme miedo o quizá los astros se hubiesen conjugado y hubiésemos escapado al Valle juntos en un abrazo…

Quizá el haberme asustado por su prisa fue la razón que agudizó el sentimiento de soledad anoche, cuando era Luna Llena, cuando la Tormenta Auto-Existente daba paso al Sol Entonado.

2 comentarios:

G! dijo...

Aunque no vivo desde el mismo lugar lo que sientes y lo que piensas, te entiendo. Te entiendo y te abrazo como y cuando puedo. Y es todo cuando te puedo ofrendar en este, mi mundo.
Porque no conozco el arte de las hogueras, de las montañas y de los cuarzos. Y, definitivamente mi cielo tiene menos estrellas que el tuyo. Yo soy del valle (sucio) de santiago, y lo que sé hacer es no odiar a la ciudad, guardar un poco de silencio, querer y buscar (salidas) respuestas.
Soy un zen atrapado en un citadino, dispuesto a acompañar a mi hermano del valle limpio.
Un abrazo, hermano.

Gonza.

javierorchardsoto dijo...

Auch
como vibran mis ojos sobre tus letras
ese saberme lejos de lo amado, de lo ansiado... pero sin concoer aquello que insatisfecho metiene...al menos sabes que a tu valle añoras...
intento descubrir el punto meta al que aun no llego ys iento que estoy retrasado ya

Me cobijó tu vida